lunes, 4 de diciembre de 2006

Por error


Cuento


Lic. Agustín Cruz Paulino
Autor

En aquel ambiente de dolor, lágrimas y lamentaciones, se escuchó la voz de la mujer:
---¡Ai, hijo, mira a tu padre!

El niño, de unos cinco años de edad se acercó con curiosidad y nerviosismo al ataúd que hacía como diez minutos habían colocado en el centro de la sala. No alcanzaba a ver lo que había dentro. Con sus manos acarició con ternura el féretro gris, quizás para comprobar que era tan suave como indicaba el brillo de la pintura colocada sobre la madera cuidadosamente pulida.

El tío Juan tomó entre sus brazos al pequeño y lo alzó para que pudiera ver el cadáver.

Con curiosidad, más que asustarse, el niño miraba cada parte del rostro del cuerpo que el día antes fue calcinado por las llamas del incendio.

La madre, sintiéndose con el corazón partido por la pérdida de su esposo y ante la huerfandad de su hijo, abrazó al niño como si quisiera penetrarlo a lo más profundo de su pecho.

El niño miró a la mujer con cierta contradicción, y cuando las pupilas de sus ojos estuvieron frete a frente le dijo con voz firme y hasta con indiferencia ante el dolor que invadía a la mujer:

---Ese no es mi papi, mi papi es bonito, camina y habla.

Los llantos de la mujer aumentaron. Entre la tristeza y el dolor sintió que la respiración le ahogaba y que una fuerza grande y potente le hacía crecer el pecho; por eso abrió la boca para dejar escapar un largo y profundo grito. Los hombres que se encontraban más cerca la socorrieron.

Pasada la mañana de aquel día, la mujer abrió los ojos y al instante se dio cuenta que no estaba en su casa. Frente a ella varias personas conversaban en silencio. Su pensamiento se hizo lúcido y recordó lo ocurrido antes del desmayo… Comenzó a llorar y a mostrarse inquieta, Cuando la aguja le ocasionó dolor, entonces, se dio cuenta que un suero estaba inyectado en su brazo derecho.

---¿Y Jesús, dónde está?---Preguntó.
---El está bien, se encuentra en mi casa--- Contestó una de las tres mujeres que les hacían compañía en la sala de aquella clínica.

Amalia cerró los ojos y quedó nuevamente dormida.

Tres años después, Amalia salio con cierta prisa de la cocina al escuchar a su hijo que felizmente gritaba: ¡Papi, Papi, ya llegó mi Papi!

Su asombro no tenía comparación. En el centro de la sala un hombre tenía entre sus brazos a su hijo y la miraba con los ojos acuosos. Llena de confusión no sabía qué hacer. Sus labios de entreabrieron sin decir nada, sus ojos se cerraron un poco mientras fruncía sus ejas. La mirada se le tornó como el lente de una cámara que busca detalles en una parte especial de un objeto.

---¡Mami, mami, te dije que mi papi hablaba y caminaba!--- Exclamó Jesús con su rostro alegre, mientras otro hombro miraba la escena desde el comedor de la casa.

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